¿Vale ofrecer una mirada descontracturada y multidisciplinaria del conocimiento humano para llegar a las masas? ¿Es una moda, una extensión de los tiempos que corren?
Dichos de manera discrecional, nombres como los de Darío Sztajnszrajber, Adrián Paenza y Felipe Pigna, por citar algunos, no parecen más que eso, nombres.
Pero Sztajnsrajber es a la filosofía, lo que Pigna es a la historia y Paenza a las matemáticas. Asoman como estudiosos argentinos que acercan lo que saben, vía televisión, radio o escribiendo libros, a un público masivo. En una palabra, ilustrados que desparraman conocimiento.
Lo que hacen quizás rompe fronteras en un concepto alimentado por siglos: de un lado la elite de los que saben, los que entienden; del otro los que no. Polémica en ciernes y preguntas por hacer. ¿Es tan así que el conocimiento estuvo históricamente en un sitial de privilegio?; ¿que la persona ilustrada se separe del resto fue visto siempre con reverencia, con naturalidad?
Propuesto el tema -y abierto el debate-, una reflexión: los ilustrados, mediáticos o no, instalados frente a una cámara de TV o pizarrón a mano en universidades, colegios y escuelas, tuvieron, tienen y tendrán en sí mismos, quién lo duda, una llave que abre puertas a una mejor calidad de vida de la sociedad. Pero, paradojas del caso, no todos saben cómo utilizarla.